Nos trasladamos a un país y a una época no tan remota para hablar de la historia de dos amigos, dos deportistas, dos baloncestistas, dos auténticos cracks del deporte mundial que llegaron a saborear las mieles del éxito pero también el más amargo de los distanciamientos debido a un contexto político que envenenó su relación. Se suele decir que cuesta toda una vida forjar una amistad pero que en solo un segundo se puede echar a perder. Esta es, en fin, la historia de Vlade Divac y Drazen Petrovic.
Hablar del basket yugoslavo de la segunda mitad de los ochenta es hablar de su aunténtica edad de oro. La federación balcánica vio nacer una auténtica dinastía de legendarios jugadores (Petrovic, Kukoc, Divac, Radja, Paspalj, Danilovic...) que dominarían hegemónicamente el baloncesto europeo tanto a nivel de clubs (sobre todo la mítica Jugoplastika, aunque sin olvidar la Cibona de Zagreb o el Partizan de Belgrado) como a nivel de selecciones (plata olímpica en Seul 88, campeones de Europa en 1989 y del mundo en 1990). El éxito fue tan arrollador que sus mejores hombres acabarían por dar el salto a la NBA.
Este equipo triunfal no podría haberse concebido sin unos jugadores talentosos fuertemente compenetrados. La unión y devoción que sentían sus miembros hacia aquello que los hacía disfrutar tanto y sentirse especiales, el baloncesto, era tal que llegaron a convertirse en una auténtica familia. El equipo estaba por encima de cualquier otra cosa y no entendía de diferencias fuera ni dentro de la cancha. Este era el caso de nuestros protagonistas, Divac y Petrovic, un serbio y un croata respectivamente que compartán habitación y que se cuidaban mútuamente el uno del otro. En 1990 los dos dieron el salto al baloncesto americano (Divac con los Lakers y Petrovic con los Trailblazers) y lo vivieron como una aventura conjunta a pesar de la distancia.
Pero en la república socialista las cosas empezaron a ponerse feas a partir de ese momento. Con la caída del muro y la desintegración de la URSS, sumado a una crisis económica bastante fuerte, las viejas rivalidades nacionales emergieron en Yugoslavia y el odio étnico y religioso dio paso a una devastadora y cruel guerra. Un incidente de Divac con un aficionado croata en la celebración del mundial de baloncesto de 1990 asestó una puñalada en la amistad del serbio con Petrovic que el estallido de la guerra acabó por dinamitar. El contexto bélico y belicista de odio que les rodeaba les impidió sentarse para hacer las paces y la trágica muerte de Petrovic en 1993 acabó definitivamente las esperanzas de que eso ocurriese.
Este documental nos muestra la historia de dos leyendas del baloncesto que lo compartieron todo, pero que no pudieron superar un entorno cruel y envenenado. Lo que la cancha unió tan fuertemente la política fue capaz de desintegrar con muy poco esfuerzo. Es la historia de dos amigos, Divac y Petrovic, separados por la guerra y reflejo de lo que se convierteron los Balcanes en aquella época: el rencor dominaba la vida de las personas por encima de la lógica y dejando heridas, si bien estas han estado durante toda la vida, que a día de hoy todavía perduran.
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viernes, 8 de abril de 2011
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