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jueves 17 de noviembre de 2011

Desinformación académica, sin futuro laboral

Mis padres me decían y me dicen que estudiar una carrera es muy importante “para hacerte un hombre de provecho el día de mañana”, porque te permitirá tener un trabajo y todos sabemos que el trabajo dignifica. Ahora bien, ¿qué tipo de estudio?, hay un montón de oferta educativa, de grados, ciclos, cursos, diplomaturas… Pero yo tenía que ir a la universidad, los perdedores hacían FP y ciclos. Por cierto mi amigo Rubén tiene un trabajo de electricista después de hacer un ciclo medio tenía ya trabajo pero con garantía. Y atención no de becario o de prácticas no remuneradas.

Pero volviendo al tema, yo tenía que ir a la universidad. Mi padre me decía: hazte abogado, médico, notario… yo como vi otras opciones que me gustaban decidí tirarme por las ciencias sociales, pensando coño, si se puede estudiar tendrá alguna validez social y el estado sabrá sacarle un rendimiento a mi formación a la que mi familia y yo gustosamente hemos financiado. Mi amigo que no quiere que diga su nombre, Javier, en cambio quiso estudiar medicina, un chaval muy competente que siempre estaba leyendo libros de anatomía, que interrogaba a los médicos cada vez que iba al hospital por la gripe. Ahora está trabajando en Cuba, de médico. Evidentemente, aquí no lo consiguió. Intentó alcanzar la nota de corte hasta los 28 años, porque cada año tenía la esperanza que bajaría, sin embargo, cada año subía como las hipotecas, y si en 2000 era de 13,8 ahora de 42 más el Euribor. Pero no os penséis que estuvo perdiendo el tiempo mientras intentaba entrar en la universidad. Y eso que yo y también sus amigos le decíamos que entrará por otra carrera, pero no, él tenía que seguir insistiendo. No acababa de ver claro el hacer un primer ciclo de algo que no le interesaba una mierda para poder acceder a lo suyo, pagando las convalidaciones, las tasas, el Euribor, rellenando instancias, cartas de recomendaciones. Joder si el sistema te ofrece vías pero tu no las quieres utilizar… Hizo cosas de mientras: dar de comer al gato, pasear al perro y hacer compañía a sus dos compañeros de piso: sus padres.


Mientras tanto, yo llegué a mi facultad de ciencias sociales. Me dieron la carpeta, la agenda y algo que no entendía, un violín y un gato. Pregunté a la administración el porqué de esos materiales y me dijo “ya lo entenderás muchacho”. En fin, yo era feliz, pero empezaron a pasarme cosas extrañas: a las dos semanas durante la sesión de bienvenida, una vez que ya había pagado el primer año, el rector de la facultad nos destacó nuestra importancia en la sociedad y bla bla bla, y nos hizo una advertencia: “ahora bien, pensad que vuestra carrera no tiene muchas salidas”. Pero qué coño, yo era optimista y tenía 4 o 5 años por delante. Cuantas veces he soñado después ese aviso. Sobre todo después de que cuando ya llevaba dos o tres meses en la facultad, me encontré a un exprofesor del instituto que me preguntó qué estaba estudiando y alegremente respondí: “Ciencias sociales”, esperando que el compartiera mi felicidad e inquietud, a lo que él respondió: “Ah, un altre mort de gana?! Jum”. Empezaba a intuirlo, pero tenía que agarrarme al sueño y en mi cabeza resonaban las palabras de mis padres “estudia para ser algo en la vida, algo en la vida, algo en la vida, algo en la vidaaaaaaaa”.

Hice el primer ciclo entre desengaños de este tipo pero me gustaba lo que hacía. Pero un día me di cuenta que tenía callos en el culo de estar siempre sentado en el aula, mientras que mi amiga Carla no paraba de hacer prácticas en el laboratorio de química que luego le iban a servir en su futuro laboral. No es que no hiciéramos prácticas. Un día estuvimos 4 horas mirando jugar a los niños en la plaza, porque teníamos que observar su conducta. En 4 años es un buen promedio, una hora por año. Pero bueno, por suerte al final de la carrera vi la luz, las prácticas en empresa o lo que es lo mismo currar gratis de machaca y da las gracias que se sentencia con la frase “así coges experiencia y haces currículum, campeón”. La verdad es que he aprendido un montón, no hay fotocopiadora que se me resista, soy el rey del Nespreso (hasta me confunden con George Clooney), he aprendido a barrer más que en mi casa. Mi madre está orgullosa, por fin recojo los frutos de la universidad.


Por aquel entonces ya empezaba a acumular propiedades, un violín, un gato, grapadoras de la oficina y sobre todo un inmenso conocimiento: cada vez que vas a administración académica te cobran tasas. Una vez miré de reojo y me dijeron 20 Euros. Aunque nada comparable a cuando acabé de estudiar y pedí el título, gracias Gran Rey por una firma de 200 EUR. Obviamente no tenía crédito, es lo que tiene ser estudiante en prácticas y ya no podía donar más órganos sin morir y los Bancos de esperma ya no me aceptaban. Con lo cual tuve que ir a nuestro amigo el Banco: “El Banco, que buen ladrón, que buen ladrón”.

Fui al Banco el miércoles por la tarde, evidentemente estaba cerrado. Volví un día por la mañana y estaban haciendo el café. Tras esperar media hora, un ser comprensible entendió mi necesidad y sin ningún reparo ni aval, me concedió el crédito a devolver cuando yo pudiera sin ningún tipo de interés. Un fuerte golpe me despertó, una vieja había caído desplomada fruto de la deshidratación mientras cambiaba pesetas.

Entonces oí a un robot decir “el siguiente”. Ahí hubo el intercambio de miradas; lo que a mis ojos era un cyborg a los suyos era un gato-violín. Las cosas fueron así: al poco de hablar con él, vi que mi aval de gato-violín no le acababa de convencer, distinto si hubiera pedido una hipoteca. Cuando ya nos sangraban los tímpanos apareció el director a poner orden.

Por aquel entonces había empezado a perder el contacto con mi amigo Juan, o como se le conoce ahora John. Siempre era el primero en todo: curiosamente por la mañana él aparecía en la cuna y su hermano en el suelo; extrañamente tenía todos los cromos del álbum de la Liga de Panini; apuntaba en la pizarra la gente que se portaba mal cuando no estaba el profesor, pero admitía sobornos para que lo borraras; era mal estudiante pero siempre sacaba buenas notas alabando a los profesores y cuando la cartera se lo permitió con pequeños detalles; siempre ganaba en el monopoly, como ahora; en la universidad siempre conseguía los apuntes pero nunca los soltaba; se hizo miembro de la Junta y curiosamente dejó de pagar tasas; militó en las JERC, JNC, Nuevas Generaciones, Joventuts Socialistas, Unión de Juventudes. En todas ellas hizo interesantes amigos que conserva ahora como director del Banco.

Salí de la oficina sin el crédito pero con la propuesta de mi hermano, el banquero, que hacía años que no veía: “El crédito no puedo porque no tienes con qué avalarte, ni siquiera tienes un AYFOnt, además no te conozco de nada, pero podemos hacer un café un día, que me han dicho que los preparas como el de Nesspreso”.

Dibujos: Joserra
Texto: Tirado y Joserra

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